Carmen Palmar y el arte del tejido wayúu - Artesanías de Colombia

Carmen Palmar y el arte del tejido wayúu

Por Revista Artífices / Sistema de Información para la Artesanía – SIART Thursday, March 12, 2020

Conozca la historia de Carmen Palmar, una artesana que tejiendo chinchorros y mochilas junto a su comunidad wayúu, hacen de La Guajira, un departamento rico en tradiciones artesanales.

Artesana Carmen Palmar
Artesana Carmen Palmar - Imagen: Artesanías de Colombia

Entre rancherías y un mágico paisaje en donde el mar se une con el desierto, el pueblo Wayúu se destaca por su maestría en el oficio artesanal. La tejeduría en hilo algodón, es uno de los oficios a los que se dedica esta comunidad y con el que las mujeres dan vida al chinchorro y a la mochila; piezas insignes que llevan en sus formas, la cosmogonía Wayúu. 

Entre rancherías y un mágico paisaje en donde el mar se une con el desierto, el pueblo Wayúu se destaca por su maestría en el oficio artesanal. La tejeduría en hilo algodón, es uno de los oficios a los que se dedica esta comunidad y con el que las mujeres dan vida al chinchorro y a la mochila; piezas insignes que llevan en sus formas, la cosmogonía Wayúu.  
Por esta razón, compartimos la historia de la artesana Carmen Palmar, contenida en la quinta edición de nuestra Revista Artífices. Carmen es una de las representantes de la cultura Wayúu, quien desde pequeña comprendió el gran tesoro artesanal que heredó de su abuela: el tejido; y por eso, lo practica y lo enseña a las mujeres de su comunidad, con el firme propósito de mantener vivo el oficio y así, darle voz a su pueblo Wayúu.
Chinchorros, mochilas y encierro
A los 12 años, la vida de Carmen Palmar cambió para siempre. Con la llegada de su primera menstruación, también llegó el inicio de un largo periodo de encierro. En el municipio de Uribia, en La Guajira, vivió tres años bajo los cuidados de su abuela en una casa hecha de barro y madera yotojoro. Fueron 1.095 días sin ver el sol, 1.095 días dedicados a aprender la sabiduría del tejido Wayúu y a entender que su reclusión haría de ella, una mujer digna y respetada, capaz de conformar una familia.
Acostumbrarse a una exigente rutina de enseñanza y a una alimentación a base de chicha de maíz y ahuyama, no fue fácil. Intentó escapar varias veces, pero no tuvo éxito. Con el tiempo, y gracias a la paciencia de su abuela, entendió el porqué de su aislamiento. Como toda mujer Wayúu, Carmen se convirtió en una discípula más de Wale’ Kerü (la araña), ese ser mitológico que le regaló los secretos del tejido a su pueblo.
Era vital que en el encierro, Carmen dominara el arte de tejer chinchorros con hilaza de algodón. Lograrlo, garantizaba que en un futuro podría tejerlos para su marido y sus hijos. Hacer mochilas era un complemento de sus virtudes como artesana y recurriría a ellas como una manera de descansar después de los cuatro meses de gestación que, como mínimo, necesita un chinchorro.
A los 15 años, volvió a sentir el sol en su piel canela. Estaba lista para casarse, pero tuvo que esperar hasta los 25 para encontrar un esposo que pudiera pagar con chivos, mulas o caballos, la dote que su padre exigía. Alberto Mesa lo consiguió. Del matrimonio, que duró ocho años, quedaron cinco hijos – cuatro hombres y una mujer – que aún viven con ella en una ranchería en La Guajira.
Carmen tiene más de 47 años y casi no duerme. Dice que su único vicio es el café, que la ayuda a mantenerse activa 19 horas continuas. Se levanta de madrugada, se baña, se viste con alguna de sus mantas de colores y prepara el desayuno para sus hijos: mazamorra de maíz con leche de chivo, arepas de queso y huevos de sus gallinas. Luego teje hasta el mediodía. Lo hace sola y en silencio, con la convicción de plasmar en el tejido, la alegría y la tristeza de la mujer Wayúu, esa que la acompaña a ella desde que su abuela murió.
Cuando hace kaanás (arte de tejer dibujo) sabe que el propósito es transmitir la vida que se asentó en La Guajira. Cada diseño, realizado con una composición geométrica, simboliza un pedazo de su cultura. Hay kaanás que representan la abuela de los animales, las constelaciones de las estrellas, el caparazón de las tortugas, los genitales del asno, el rastro de la serpiente o el ojo de un pescado.
Carmen ha viajado desde Barrancas hasta Punta Gallinas para enseñarles a diferentes comunidades del departamento, el arte de hacer chinchorros y mochilas. Compartir el conocimiento que recibió de su abuela, la ha convertido en una genuina embajadora Wayúu.
 
Tomado de la revista Artífices, quinta edición.  

Por esta razón, compartimos la historia de la artesana Carmen Palmar, contenida en la quinta edición de nuestra Revista Artífices. Carmen es una de las representantes de la cultura Wayúu, quien desde pequeña comprendió el gran tesoro artesanal que heredó de su abuela: el tejido; y por eso, lo practica y lo enseña a las mujeres de su comunidad, con el firme propósito de mantener vivo el oficio y así, darle voz a su pueblo Wayúu:

Chinchorros, mochilas y encierro

A los 12 años, la vida de Carmen Palmar cambió para siempre. Con la llegada de su primera menstruación, también llegó el inicio de un largo periodo de encierro. En el municipio de Uribia, en La Guajira, vivió tres años bajo los cuidados de su abuela en una casa hecha de barro y madera yotojoro. Fueron 1.095 días sin ver el sol, 1.095 días dedicados a aprender la sabiduría del tejido Wayúu y a entender que su reclusión haría de ella, una mujer digna y respetada, capaz de conformar una familia.

Acostumbrarse a una exigente rutina de enseñanza y a una alimentación a base de chicha de maíz y ahuyama, no fue fácil. Intentó escapar varias veces, pero no tuvo éxito. Con el tiempo, y gracias a la paciencia de su abuela, entendió el porqué de su aislamiento. Como toda mujer Wayúu, Carmen se convirtió en una discípula más de Wale’ Kerü (la araña), ese ser mitológico que le regaló los secretos del tejido a su pueblo.

Chinchorro Wayúu

Era vital que en el encierro, Carmen dominara el arte de tejer chinchorros con hilaza de algodón. Lograrlo, garantizaba que en un futuro podría tejerlos para su marido y sus hijos. Hacer mochilas era un complemento de sus virtudes como artesana y recurriría a ellas como una manera de descansar después de los cuatro meses de gestación que, como mínimo, necesita un chinchorro.

A los 15 años, volvió a sentir el sol en su piel canela. Estaba lista para casarse, pero tuvo que esperar hasta los 25 para encontrar un esposo que pudiera pagar con chivos, mulas o caballos, la dote que su padre exigía. Alberto Mesa lo consiguió. Del matrimonio, que duró ocho años, quedaron cinco hijos – cuatro hombres y una mujer – que aún viven con ella en una ranchería en La Guajira.

Carmen tiene más de 47 años y casi no duerme. Dice que su único vicio es el café, que la ayuda a mantenerse activa 19 horas continuas. Se levanta de madrugada, se baña, se viste con alguna de sus mantas de colores y prepara el desayuno para sus hijos: mazamorra de maíz con leche de chivo, arepas de queso y huevos de sus gallinas. Luego teje hasta el mediodía. Lo hace sola y en silencio, con la convicción de plasmar en el tejido, la alegría y la tristeza de la mujer Wayúu, esa que la acompaña a ella desde que su abuela murió.

Cuando hace kaanás (arte de tejer dibujo) sabe que el propósito es transmitir la vida que se asentó en La Guajira. Cada diseño, realizado con una composición geométrica, simboliza un pedazo de su cultura. Hay kaanás que representan la abuela de los animales, las constelaciones de las estrellas, el caparazón de las tortugas, los genitales del asno, el rastro de la serpiente o el ojo de un pescado.

Carmen ha viajado desde Barrancas hasta Punta Gallinas para enseñarles a diferentes comunidades del departamento, el arte de hacer chinchorros y mochilas. Compartir el conocimiento que recibió de su abuela, la ha convertido en una genuina embajadora Wayúu.

Tomado de la revista Artífices, quinta edición.

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Comentarios

Keilys Fernandez dice:

Mar/16/2020

Debo admitir que es una guerrera pasar por ese trance no debe ser fácil pero valió la pena, ser una experta en la elaboración de chinchorros y a su vez tejer mochilas no lo hace cualquiera. Mis respeto para mi paisana y compatriota Carmen Palmar!!! Que sigan los éxitos

Keilys Fernandez dice:

Mar/16/2020

Debo admitir que es una guerrera pasar por ese trance no debe ser fácil pero valió la pena, ser una experta en la elaboración de chinchorros y a su vez tejer mochilas no lo hace cualquiera. Mis respeto para mi paisana y compatriota Carmen Palmar!!! Que sigan los éxitos

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May 28, 2020 - Última actualización: May 27, 2020